Sentimientos van y vienen. Algunos pasan, pero cuando enraízan en las entrañas del alma provocan nostalgia: sacan a luz lagrimas ermitañas.
El amor y deseos no se piensan, no se planean: aparecen en la apacible y engañosa noche; Noche espaciosa y larga, que asalta al alma, que le entierra a uno la amarga daga una, y otra y otra vez hasta despuntar la mañana y ver la sangre correr con color de esperanza.
Apenas anoche, tras ese espejo filigrana recorrí tu cuerpo y me enredé en tu falda. Ahogué tus gritos con mis besos, arranqué un espasmo y lo devolví a tu cuello en un doloroso beso con sabor a lágrimas.
El amor como fantasma recorrió nuestra estancia sin mostrase; oculto, pleno de fantasía. Tu miedo y mi miedo danzaban apartados; mientras, nuestro sueño crecía pleno, vital como sol del medio día.
Al despertar, ese fantasma me devolvió a la noche fría, al temblor, a la melancolía.
Me sostuve entonces aferrado a la quimera, aunque mi cuerpo mojado y frío daba testimonio de que el amor existe, que en esta extraña dimensión fui de ti y fuiste mía.
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