Suena el teléfono. El campaneo metálico y estruendoso rebota en las paredes oscuras y retumba en los oídos como baliza de pacos. Me despierto, o creo hacerlo. Desorientado, aún dormido y con la realidad mezclada en la oniria demarco el espacio, enfoco los sentidos. El enervante sonido del maldito teléfono se hace más agudo. Estiro el brazo entre las sábanas tibias y aún algo húmedas buscando el insensible aparato. Los busco, lo busco, no lo encuentro y me desespero. Gruñidos entre el insaciable chillido. Lo encuentro. Cojo el auricular y emulo un “Aló” de ultratumba, más en sueño que en vigilia. Una voz clara y profunda. Me despierto de sobresalto. Un silencio se estira. Sudor frío, escalofríos y temblores, miedo, mucho miedo. Balbuceos incoherentes. Más silencio, esta vez tibio. Calma… La Muerte sonríe del otro lado del auricular. Un último respiro, y adiós.
...Calibraxis...
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