20 enero 2004...
Lo siento rasgándome desde las entrañas,
con zarpazos claros y profundos como sus ojos...
Me destrozan mis deseos de tocarte,
me aniquila tu recuerdo,
me enloquece tu ausencia,
me angustia mi ansiedad…
y entonces, derramo lágrimas de sangre que algún día te espantaron.
¡No me mates, te lo pido!;
extrañaría el ocaso y las desilusiones de la vida,
y te complacería demasiado rápido.
Déjame morir lenta y cautelosamente,
paseando por los sueños estancados que dejaste para mi;
así, dejaré las huellas de mi ausencia tatuadas en tus pupilas que algún día me vieron con ternura.
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