Como cada tarde, al llegar las seis, salío de su casa con un trozo de pan y unas onzas de chocolate que le servían de merienda. Corrío hacia el faro, pues sabía que en unos minutos pasaría el barco pesquero de color anaranjado, que tanto le gustaba, repleto de peces y calamares frescos. Se acercó hasta la valla de madera, que impedía que en un descuído alguien pudiera caer por el acantilado y apoyó la mano derecha en su frente a modo de visera. Sonrió. El Atlántico se extendía ante él: inmenso, profundo, infinito...Le había visto atardecer cada tarde durante sus cinco años de vida. Olía a sal, a breas, a tomillo, a flores silvetres, a arena mojada... De pronto vió como el buque se acercaba hasta el faro y hacía sonar su sirena a modo de saludo. Miguelito metió el pan con chocolate en el bolsillo de su pantalón y agitó sus pequeñas manos (restos de pinturas de colores en sus dedos) con una sonrisa de oreja a oreja. Mañana le volvería a ver pasar. Y ojalá ésta vez el mar le devolviera a su padre; aquel que le robó a bordo de un pesquero, apenas unos meses atrás.
2007,M. |