La vida es extraña pienso mientras me pongo de pie y camino en dirección al baño.
Fome gris y con el espejo sucio, “ como si debiera tener algo lúdico deshacerse de lo que sobra en el cuerpo” –pienso- mientras con los ojos dormidos miro el muro que está frente a mi.
El olor a lavanda tiñe la habitación de flores exóticas que nada tienen que ver con el aroma pero que en el desorden de mi cabeza tiene sentido. Miro mis ojeras, hoy se han tornado algo rojas –curioso- cierro la llave del agua y peleo durante veinte segundos con la puerta, luego, recuerdo que le puse el pestillo y mi crisis claustrofóbica, mi sudor, y mis lágrimas parecen disolverse ante la figura patética que proyecto a mis fantasmas.
Camino con confianza devuelta a mi pieza. El suelo es rojo y casi imperceptible de tanto papel y letras que lo cubren. Pegamento y tijeras esperándome para asesinar juntos a Cronos. Me siento en el suelo y mecánicamente pego papeles sobre la cara del Mickey. Necesito una carpeta y ni tonta me pasearé con el ratón parlanchín por Santiago. Busco imágenes que vistan mi carpeta, encuentro un fotograma que hice en arte hace un par de años: una mina sentada en un rincón y sangre que cae del techo, recuerdo mis muñecas cortadas y mi afán suicida. “Sólo una vez” y la sangre comienza a pintar papeles, carpeta, ropa. La imagen de los papeles me enloquece, letras sangre... exquisito.
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