Y lo decidió esa noche, sola en su pieza, mientras intentaba ocultar el olor a hierba con el humo del incienso. Disfrutó su última noche, y como nunca durmió en paz; la decisión estaba ya tomada.
Al día siguiente no fue a la universidad, se quedó en casa escribiendo cartas, ordenando sus cosas y recordando. Esa noche se tomó siete aspirinas molidas en una copa de vino tinto; dispuso todo en su lugar, y al rato se acostó en su cama escuchando su CD favorito de Tool. Se quedó quieta, disfrutando las canciones, una a una, y en el tercer minuto de la quinta canción rasgó sus antebrazos de comienzo a fin. Su conciencia se derritió entre los remanentes hedores incensarios y la voz de Maynard. Se fue durmiendo de a poco, los sentidos se le mezclaban y un frío le recorría la espalda. Un último hormigueo. “Ahora sí”, pensó… “ahora sí… adiós”, y Laura murió en su cama, tal y como lo planeó.
De pronto calidez. Comenzó a sentirse tibia, húmeda y encogida, lo único que podía oír eran zumbidos indistinguibles y dos corazones latiendo descoordinados. “No alcancé siquiera a descansar” pensó.
...Calibraxis... |