Siempre el mar me inspira una sensación de calma. Claro está, cuando me encuentro en tierra; como hoy, que sentado en la cima del acantilado observo las graciosas evoluciones de innumerables aves, las que con variadas tácticas pretenden conseguir su alimento.
Las hay que en formación vuelan a ras del agua, dejando caer su mandíbula inferior para recoger pequeños peces que en cardúmenes bullen apenas debajo de la superficie.
Otras en cambio, se abalanzan desde considerable altura, para zambullirse profundamente para cazar sus desprevenidas presas que nadan más profundo.
Pero lo que cautiva mi atención entre graznidos y aleteos, es el ligeramente curvo horizonte, que lejano se va tiñendo de hermosos tonos, a medida que el sol se pone.
El rítmico vaivén del suave oleaje, dibuja delicados bordados de espuma blanca, como macramé de un mantel decorado por mi abuela.
Amo los atardeceres evocativos y serenos, iridiscentes y plenos de aroma que trae la brisa, llenando mi espíritu de paz. Renovando los bríos para retomar el trabajo con nueva energía después del día de playa.
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