Tengo las manos frías y el sueño pesa sobre mis ojos. Escucho a través de espejos la voz de alguien quien perfectamente vuela hacia ningún lado. Dolor, se escucha un grito de la humanidad, y los oídos sordos sangran para no escuchar. Tiembla el piso sobre las cabezas de los que eligen estar al frente. Yo indiferente, escarbo descaradamente la suciedad que se incrusta en mis uñas, la saboreo en mi lengua y la escupo salivando las entrañas del que tengo en frente. Me arrullo en la parte de atrás sometida a mis presiones y expectativas. Los demás, se arman de valor y prohíben el llanto de la niña para sentir poder. La callan, la asfixian, la pequeña muere, la humanidad cesa de gritar. Los oídos dejan de sangrar, el tiempo se detiene para no volver jamás y la tierra pierde su fertilidad. Mi mano escarba pero no logra florecer rosas inmundas en sus uñas. Entonces la entierro en la herida, la infecto, la sufro. Las personas de adelante sucumben ante el dolor y caen al suelo fertilizándolo. El cuerpo de la pequeña se descompone en una flor; y la humanidad muere; y la flor crece; y yo sigo escupiendo, esta vez desde adelante, la suciedad que arranco de mis uñas.
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