Suprimo la comillas del entredicho, y dejo libre la frase del destierro, el final es obvio, quedo exiliado por mis propias palabras, sentimientos cenitales desde la óptica muda del que nunca reprime, sólo observa, del que ve mi autosentencia. Agua para la angustia del rastreo minucioso de tus huellas, las que dejaron tus ojos, por que tus manos hace mucho que no incursionan lo inhóspito. Tal vez soy yo el culpable, por no saber ocupar bien las comillas, por no atar mi lengua a los zapatos, costurar el vértice del sonido, quemar el lóbulo cerebral pensante, arrancar al viejo bombero sanguíneo y pintar de rojo la pared de mi autoencierro perpetuo, que me obliga a maquinar sandeces y mundos etéreos con circunstancias parciales.
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