Hoy tengo una flor evanescente
nacida por insuflo misterioso
de escondidas energías omnipresentes,
de las ignotas profundidades
de un océano inaccesible.
De aura aristea, ella quisiera
ser entronizada en el altar níveo
de tus impenitentes manos.
Y con faz joviana me miras
y también tú asi lo quisieras.
Mas, déjame seguir reteniéndola,
que entre mis dedos ella pervivirá,
luminosa, sus fulgores alimentados
por la vida proveniente de mis anhelos,
irradiando su arjé de amor
en el seno de quien la vió nacer.
Déjala asi, cautiva de su dueño.
Porque si te la diera
ha de fenecer, pétalo a pétalo,
sedienta en tu indolencia,
asfixiada en tu ágil devenir.
Déjala conmigo, que en tu dominio
será un adorno más.
Ella ha surgido de los primores
de un nobilísimo reino
y no vivirá sin devoción exclusiva.
Déjala entonces, entre mis dedos,
donde será coronada
de una etérea dignidad
y se rendirán honores a sus destellos
cubriendola con un manto de púrpura real.
Esta flor seguirá aquí conmigo
aunque de tanto aguardar
en su tallo han surgido espinas,
y me sangran las manos
por no entregártela.
Ahora debe recogerse,
pues ha llegado el frío
de tu Céfiro tormentoso.
Ella sabrá volver a lucirse.
En otra primavera.
|