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Inicio / Cuenteros Locales / nikita / CUANDO AMANEZCA

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CUANDO AMANEZCA


El hombre caminó a lo largo del inmenso corredor; las pisadas rechinaban en los muebles tan antiguos como la tristeza acumulada en su corazón.
Tantas veces había corrido a lo largo del mismo, riendo de pequeño, a veces enojado de muchacho, los espejos lo reflejaban como era entonces, pero entonces no era ahora, ahora su cabello estaba platinado y su figura caminaba con lentitud.
Pasos ahogados en la noche que no esperaba para amanecer.
Miró desde la puerta de la habitación a ese cuerpo inmóvil, deforme, hacía tiempo que él se había convertido en su otra mitad, en su brazo, en su pierna, la miro con ternura aunque en el fondo de sus ojos se dibujaba la verdad.
Ella fue la más hermosa del mundo, era sin exagerar una muñeca de carne y hueso, el se enamoro de ella apenas la vio.
Después de un corto noviazgo se casaron, él solía mirarla con asombro cada mañana al despertar, asombro de encontrarla a su lado en la cama, la miraba por horas antes de que ella despertara, y casi siempre su amanecer estaba acurrucado en la mirada de ese hombre
agradecido de tenerla, embrujado por su ternura y belleza.
Se acercó, tomo su mano, ella dormía aun, observo su monstruosidad, la de ella y la propia.
Largos sufrimientos lo habían desequilibrado.
Extendió el brazo, pero estaba demasiado agotado y lo dejo caer justo antes de llegar a su rostro, a esa mueca furibunda que había sido su religión.
La atmósfera tenia una pesadez insoportable, sus ojos parecían sin pupilas y se entreabrieron, los labios intentaron una sonrisa.
El hombre tembló.
Toda la furia contenida por años exploto en esa mirada, en esa sonrisa y entonces supo lo que era inevitable.
Ella no dijo nada.
Un escalofrío cruzo la noche.
Se miraron como la primera vez, solo la resignación y el espanto eran nuevos en sus ojos.
El hombre acarició la cara de la mujer, la tomo entre sus manos, la beso, tomo su cuello,
ella no dijo una palabra, él froto su dedo pulgar sobre la piel rugosa, seca.
Profundamente conmovido por la ruina total de su belleza, apretó su garganta ante la mirada confiada de ella.
Con los brazos extendidos y los ojos desencajados, el hombre notó que la mujer no respiraba. Aparto sus manos temblorosas, las miro, el rostro descansaba placido,
casi con una pequeña sonrisa.
El hombre se puso de pie, camino hacia el corredor, se miro en el espejo una vez más.
Es imposible imaginar el profundo sentimiento de alivio.
Volvió a la habitación, beso la frente de la mujer.
En un intento frustrado intento levantarla en sus brazos como la primera vez, cuando extasiados de amor cruzaron la puerta unidos en un solo silencio.
Ahora al querer levantar aquel cadáver sus piernas no le respondieron, quiso acomodar el pie, pero no lo sintió y su brazo izquierdo estaba ausente, una oscura sensación de nada quedaba en la parte izquierda de su cuerpo.
Cayo de rodillas al lado de aquel cuerpo frío, tenso.
Entonces comprendió.
“¿Quién podría decir donde terminaba uno y donde comenzaba el otro?”
Por la ventana el sol asomaba tímidamente.
Estaba por amanecer...

Texto agregado el 07-03-2004, y leído por 78 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2004-09-15 21:26:43 Describís la senilidad, el ocaso de la vida, no del amor.... el final es un gran golpe al corazón. Muy fuerte. Mandragoras
2004-03-13 01:40:30 Hermoso cuento, me fascinó como le diste fondo a la brutalidad a través de lo que solía ver en ella. Sigue así. SicFaciunt Omnes
 
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