Le dijeron a ese joven que si rompía un espejo tendría siete años de mala suerte. Le dijeron que no se burlara, que por favor no lo soltara, pero él con sonrisa de lado tomó el espejito pequeño, de esos que vienen con el maquillaje y lo dejó caer en el patio del colegio frente a su incrédula hermana menor y sus amiguitas.
Al tocar el suelo, el vidrio se quebró violentamente y un trozo de cristal se enterró en su ojo.
No hubo manera de ayudarlo. Quedó inútil aquel ojo rajado.
No se puede decir que se acostumbró, pero se resignó a vivir así y se hizo adulto.
Un día iba caminando por un pasillo de supermercado y derepente su ojo se curó. Estaba como nuevo, estaba intacto e incluso mejor que antes. Justamente se habían cumplido siete años del accidente del espejo en el patio del colegio. |