Sus sueños de niña se esfumaron una tarde cuando los vientos traían ya el invierno, y la cebada, el tabaco y las uvas se habían añejado lo suficiente como para dejarla inmóvil, y la paja dolía en la piel. El frío penetraba hasta la osamenta y ese peso encima de ella era como soportar un monstruo, un demonio.
El verdugo, con las mismas sustancias malditas, adquirió la desvergüenza suficiente para realizar su transgresión y su injusticia. Tantas mezclas etílicas y narcóticas nunca van a dejar saber quién lo permitió, si fue obligado, si alguien consintió en ello, pero eso no es lo importante ni lo cruel, que hirió, dañó y mató.
Una filosa daga atravesó su cuerpo que esperaba pétalos y poemas. Un grueso hierro rompió las barreras sin piedad, candente y mortal, se hundió en donde tendría que haber habido miel y néctar... pero no tuvo más que un profundo dolor. Indefensa, sin esperanza, ¡sin un ángel alado que la protegiera!
Esa noche no salió la luna, ni el viento sopló. No se atrevían a asomarse... porque ser testigos hubiera significado ser cómplices e igualmente asesinos...
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