Instintos disfrazados,
deseos que se apagan
con el gris de la ciudad
En los rostros persiguiendo las miradas.
Lobo hambriento confundido,
en el fuego se consumen las señales.
Fue costumbre el transitar entre las sombras.
De victimario a víctima,
tortura insana
(son los rastros de tu sangre).
Provocaba tus caderas y mi espalda,
traicionaba las máscaras,
Invención,
de inconexa danza.
Febril delirio,
me empujó a la caída.
Sometido al húmedo refugio
que tus piernas me brindaron.
Vaivén vertiginoso.
Las ideas que quedaban
van perdiendo su color.
Hasta parecerse a la nada.
Olvido y renacer,
comprensión entre jadeos.
Los temblores me volvieron a habitar.
Intenté descubrirme una vez más.
Remolino insano,
retrocedo,
hasta el mundo artificial.
Tarea impropia reconocer los rostros.
es el hambre,
que aun queda por saciar.
|