Ariel se despertó esa mañana con la sensación de que ese día cambiaría su suerte.
A mitad de cuadra estaban de mudanza. En una de esas, si se ofrecía para ayudar, ligaba unas monedas... o tal vez unos pesos, si se esforzaba lo bastante.
Armado de todo el optimismo de que era capáz, fue a ofrecerse y logró su objetivo.
A las siete de la tarde, cansado pero contento, se reunió con sus compañeros para compartir lo que había comprado. Esa noche no tendrían hambre.
Debajo del puente, Ariel y sus amigos, con gran entusiasmo, destapaban la lata de pegamento. |