Un alma cualquiera, como tantas otras que habitan este planeta, se subió a un tren como todos los días, como todos los días se suben almas a los trenes que circulan por el mundo.
Y no era un alma cualquiera, era mi alma, la suya que lee esto, la de mis hijos que vendrán, la de mis padres, la de mis amigos, la de un desconocido.
Estaba absorta en sus pensamientos de alma... hasta que llegó un desalmado.
Luego vino el silencio del vacío.
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