Se pierde la cúpula del día. Inmediatamente después, como los vagones de un tren, o como los anillos de un ciempiés o un caracol, la noche lo sigue sigilosa.
Se eleva alta la sombra y arrojo a las alturas la mirada tenue. Nada hace eco a mi mirada, nada la responde.
Allá y allá y por toda la noche hay chiquititas lucecitas: insinúan que el abismo del espacio no está tan vacío, me indican que algo emite esa luz desde lejos, alguien sostiene un faro en algún lado del cielo.
¿Qué me hace diferente de la hormiga en el césped, que mira un punto negro en el cielo y que jamás sabrá que ese signo lejano es un cóndor o un águila? |