Marqué un sendero con mis labios
sobre el extenso territorio de tu piel.
Un rastro que habría de durar.
Y mientras me velabas,
soñé con cosas eternas;
como ese abrazo de fuego
con el que me abrigarías noches enteras.
Nada mejor que tu piel
para darse cuenta de cuándo hace frío de verdad
y cuándo, en realidad,
es que te estoy necesitando.
Silencio, es de madrugada.
Me despierta tu voz,
pidiendo, exigiendo,
indicando dónde y cómo sigue esta ruta. |