Estaba nublado y el funeral avanzaba con paso doloroso, algunos lloraban amargamente sin consuelo, los más por apariencia. En eso rompió la lluvia y el cielo también lloró a mares, ahora ya no sé quién lloraba y quién no, era un funeral triste como pocos. En el largo trecho a la postrera morada un frío de muerte apesadumbró aún más el duelo de los deudos tiritando empapados en el barro, la última muestra obligada de afecto llenó sus caras de rabia y desprecio.
En una suerte de compensación el frío ya no me importaba, además aquí adentro, no llueve.
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