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Inicio / Cuenteros Locales / guy / SIEMPRE SOFÍA

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Aclaración: Lo que sigue está basado en un cuento del señor Derian alias quenickpelotudotenes. Toda similitud con su trabajo, por ende, es a propósito. Pueden decir que es plagio, me da igual.



Cuando dejaste de ser aquel muchacho que bajaba por el río dejaste además un padre sin un hijo y kilómetros de agua, flores blancas y la bruma tupida de la mañana pero en realidad siempre fuiste Sofía: simplemente formalizaste y yo estaba ahí pero tus manos no podían tocarme porque las pupilas no se tocan y Andrés era sólo un nombre amotinado en un cuerpo cerrado y una foto lejana en el documento; querías que dejara de existir o tal vez era que Andrés te amaba demasiado y sabías que no te detendrías hasta respirar la ciudad con sus toses de fierros y vida y los hombres. Supiste a Sofía de tu lengua la que supo sangrar por los golpes de torpeza las primeras veces que tus brazos tomaban los remos y por tus sueños confusos y mientras todo quedaba atrás todo quedaba por delante como en la mitad de la vida.
Bastante costó montar un show de transformismo en un boliche aun sabiendo que el paso de ser un personaje grotesco a un símbolo de la noche era muy pequeño, esa distancia que separa lo prohibido de lo necesario se esfumaba como siempre, ¿te acordás? Luego de ser el centro mismo de la función a intimar por gusto con esos orangutanes bebedores con esa gracia que hasta la más vieja de las putas pierde con la fantasía de ser mujer: las putas no son otra cosa que siervas del hombre que nunca tendrán —decías, cuando empezabas la función— y ustedes no son más que los siervos de la puta que jamás podrán pagar ¡y unos putos frustrados! —Seguías— ¿Saben cuál es la peor clase de marica? ¡El que deja a su mujer y sus hijos en casa y trasnocha en lugares como éste!, ¡levanten la mano los que tienen hijos! —Y ponían tu música y comenzabas a bailotearles, a enredarles las fibras más íntimas con la sola visión de tu cuerpo con ropas de mujer hasta que el mundo se llamaba Sofía y el muchacho del bote con olor a río comenzaba a cautivarte con locura, vamos, sabés que podés hacerlo como siempre has podido —te decías— ¡quieren que se las chupe, asquerosos!, ¡vayan con mamá, loquitas! Y quedaban pasmados, en celo y perdidos en tu magia en la que también te perdías y a la que no podías escapar: el mejor truco de cualquier artista y ahí debió terminar tu historia pero tenías que conocerme o mejor dicho era yo quien tenía que saber cómo eras cuando tu magia te devolvía sólo tus ojos.
Sofía reconoció a Violeta cuando las tetas, adoraba esas tetas muy pequeñas y los shows nocturnos seguían con algunos clientes de vivir holgado, era que el sexo con transexuales les resultaba una buena inversión y ya que estabas te hacías de tu juego favorito y en ciertos momentos te intrigaba el miedo de esa gente varonil pero ridícula hasta la incoherencia; Sofía la infalible, cautivadora y Violeta ese romance que jugaba solo, ese yo no fui fue esto que me llevó como aquello de escribir las historias que no podían contarse, historias sin sentido para los ojos, de las que transforman unos minutos en la gracia de lo vivido porque sí o acaso por imposible. Hubo un caballerito pituco que luego viste en la fila del supermercado con su mujer y sus hijos, y habría sido una buena cosa que al menos pudiera mantenerte la mirada en ese instante en que tu mano rosara su nalga forrada en jean y que tu exhalar podía devolverle algo de su olor. Siempre lo mismo, decíamos.
Una vez estrenaron una película de un tipo preso que era interrogado y alucinaba que estaba en una playa con una mujer hermosa y contabas que te recordaba al río enorme y soñabas con el ruido de los remos, ese sol que te abrasaba la espalda, los espineles de los pescadores ribereños y las manos marcadas por las sogas; entonces te despertabas sola y ¿no era hermoso que Andrés pudiera amar también a Violeta? Sofía tomando unos mates con la intimidad de Violeta, como charlar de clientes y proyectos y de los nuevos monólogos para el espectáculo. —Ahora voy a cantarles una canción cuya letra olvidé pero no el título… —si aplauden como de costumbre dirás que no sean bobos, que cómo alguien puede cantar una canción que no sabe la letra o si se enteran, pues que que cántenla ustedes ya que son tan inteligentes y luego ya es hora de que me diviertan y hagan morisquetas—. Era envolverlos en el juego de palabras —¿Será que necesitan un folleto explicativo, manga de bobitos, para enterarse de que acabo de decir un chiste…? ¡Veo mujeres entre el público…! ¡No importa, ahora Violeta les recitará una poesía!— y vos con el bigotito y sombrero al estilo Chaplin.
Un día voy a escribir un libro, Violeta, muchas páginas de poemas que representarán mi vida y es que hay cosas que me pasan y se me pierden, ¿viste?, como no recordar un sueño y deberían estar atrapadas para mí igual que en los cuentos de hadas. Claro, los cuentos de hadas; de un pibe que vivía de los peces del río y después de los enviciados que gustan de los travestis, ¡los hombres son tan simples que a veces hasta se asustan de ellos mismos, Violeta! Y una historia. Sí: estaba un vejete que reía, pintón pero vejete el hijo de puta que andaba en un barquito o algo así y pasamos un día escuchando música y dos hijas de tu edad, Violeta. Luego en el club nocturno cuando yo hablaba de las mujeres porque a esa gente hacen gracia los chistes de mujeres, ellos son un chiste de mujeres, de mujeres que pueblan sus vidas como el pasto que tapiza las montañas; decime qué ves, ¿ves la montaña o el pasto que se eleva junto con las carreteras? Pero las hijas de este viejo eran lindas, casi como nosotras, para qué te voy a engañar si tu experiencia con estos tipos es vasta, sabías de todo pero yo era algo ingenua y decía guarangadas en el boliche y bailaba y cantaba y después me iba con alguno de billete y no te voy a negar que a veces me trataban como a una mierda pero es parte del juego de los hombres que no se quieren, que tienen jueguitos y pastillas para esconder sus porquerías y a veces dejaba de ser Sofía y me volvía por el río como el tipo de la película que soñaba con una mujer hermosa porque así se aguantaba los tormentos, volvía por el río, ¿viste?, a una casa donde jugaba con dos niñas de nuestra edad, de cuando éramos otra cosa. Porque siempre jugué con niñas.
Pero Violeta eras tan sencilla de día y de entrecasa, en la calle con tu pasar estrafalario casi obsceno a los ojos comunes y temerosos, como de vergüenza ajena que siempre es propia igual que la culpa. Acaso ellos no entendían y mucho menos a un transformista que andaba como un mago disfrazado de persona y no contento con eso intentaba escribir una historia con sucesos que había perdido como cantar la canción sin saber la letra un murmullo, una canción de cuna que simplemente gime pero duerme y otra vez todos los sueños y entre esas riberas como flequillos de junco el arrullo de los botes rojos, amarillos, verdes frotándose al son de la corriente con los palos de los muelles. Violeta conservabas la poesía que olía como el agua y yo llegaba hasta lo último de esas noches entre esa gente tan lejana y eras solamente un nombre liberado de aquel cuerpo que se movía hipnótico como una especie de tirano que todo lo manda y sucedió que alguien pareció volver de la fantasía para buscarme en tu mirada y encontrarme en ella, allí donde me sentía a salvo y supongo que fue entonces cuando empecé a entender: aquella madrugada en que después de tu número un hombrecillo de gafas te preguntó por mí, y tu respuesta una sonrisa bajo el bigotito negro, ojos, galera; la secuencia que me devolvían sus anteojos: la sonrisa blanca, el bigotito negro y los ojos bajo el medio punto de la galera como en una película vieja en monocromo.
Al menos yo te sabía como el gusto a sangre de una lengua lastimada, sabía en qué nos transformábamos y aquello de que el humor sale de una profunda desesperación como el rechazo, casi una melancolía de alguna cosa que no puede ser, que no sería nunca y entonces supe que ellos se convertían en monstruos de la mano como niños perdidos en una noche que no los dejaba verse. No sabían en qué los convertían tus poemas y mis guarrerías, tu bombín y mis tacos hasta que la sinrazón se contagiaba lo suficiente como para que la historia no pudiera escribirse. Solamente veían lo que querían ver mientras que éramos un enigma que ellos consumían sin pudor y dejaban porciones de sus vidas que tampoco podrían escribir, así era que no paraba de imaginarlos en sus casas con sus familias y la adrenalina de meterme con ellos y hacerte parte, Violeta, esa parte capaz de aguantar el peso de todas las palabras como el abraso del sol en el lomo hasta la cordura de la soledad y es que jamás se escribe un poema para alguien más porque toda una vida es la que lee a través de la que dice. Tornabas a mí todos los días con un poco de la luz que solamente había visto por aquellas islas y siempre Sofía.
Pero esto fue hace mucho tiempo, cuando el joven de unos diecisiete años jugaba con esas niñas. Por un caminito angosto de barro y ese olor a flores del naranjo, de espaldas al muelle donde ondeaba zonzo el yate amarrado. Corríamos por la tarde y fue lo de la merienda y ellas tenían tortas, jugos de fruta, mamá y hasta una abuela que estaba muy quieta en una reposera así que quedaste algo solo y un hombre que se bajaba los pantalones mas no fue el dolor de la primera vez sino el de su inmediata e infinita ausencia el que te impediría el sueño y todavía no puedo decir lo que vieron tus ojos entonces pero tal vez podría contarte lo que vi en sus pupilas la noche luego del show mientras Sofía soñaba con fuerza que volvía en bote por el río al ver su rostro entre los demás y aquella sonrisa, bigotito negro, ojos, galera. El hombre era el mismo tras las gafas aunque estaba viejo y temía con mucha más confianza, como se teme siempre el primer paso en el tablado y lo sabías; como si estuviera cansado de tanto miedo, un miedo que apenas si palpitaba en esas manos adventicias que no hacían más que acariciarme el pelo; eso sí que puedo asegurarte, y que el yate roncaba en las aguas apacibles de un río ennegrecido, aquel río vencido tras el telón de los años por la ciudad y su porquería casi, casi tan vencido como nosotras y ese hombre.

Texto agregado el 21-08-2007, y leído por 1524 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
2009-07-02 04:52:57 Este cuento es tan lindo, tan intenso. No sè que comentar en tus textos, sólo disfrutarlos. adelayda
2008-12-27 21:26:07 rhoda
2008-08-19 01:46:01 Increible. queoso
2008-02-14 20:05:58 "El muchacho del bote con olor a río". "el mundo se llamaba Sofía". Juego de palabras, palabras sin letras, Tan sólo sienten y palpan, música callada para dejar de ser palabras y volverse "río". "y eras solamente un nombre liberado de aquel cuerpo". Este pupurri de citas al menos para mí guardan una fuerte cohesión, esa ingenua intención de hacer coincidir realidad y deseo, ser la canción que se canta, el pájaro que es su vuelo o ese yate que "roncaba en las aguas apacibles de un río ennegrecido" que nunca quiso ser porquería. azulada
2008-01-11 06:04:20 escribíte algo pa la muchachada quenickpelotudotenes
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