Espejo.
Y una mueca de curiosidad sobre un rostro manchado fue el que le devolvió la mirada, unos ojos asomándose entre rastrojos de pintura desparramada y disuelta con el sudor. Un rostro singular, empalidecido por el insomnio y agotado de tanto trabajar y aunque esto fuese cotidiano, no lograba alejarse del espejo.
Quizás nunca se había observado tanto a ella misma, siendo que siempre lo hacía detenidamente previo a salir a trabajar. Se miraba, se miraba y continuaba mirándose.
La bolsas azuladas bajo sus ojos ya no eran cubiertas por la capa de maquillaje y no estaba segura si solo se le había corrido demasiado el lápiz o también tenía un ojo en tinta. Detestaba esas mañanas en que despertaba con una sensación de desaire y el cuerpo demacrado, y los labios mordisqueados y partidos. Detestaba olerse y observarse, decaída y somnolienta y notar su cuerpo avejentado y olvidado, su cuero caído y la lengua enlodada y reseca a la vez. Lo peor era saborear sus propio aliento, las salivas secas entremezcladas y cenagosas. Entonces escupía, pero el sabor continuaba y ella se lavaba los dientes, tres veces si era necesario. Y se enjuagaba y luego una menta y después un cigarrillo, y así estaba, semidesnuda frente al espejo y fumando, encerrada en el baño hastiado de humo y cenizas.
Se miraba al espejo y botaba nuevamente humo que volvería luego a aspirar y pensaba en como sería ser una puta de mejor clase para así que sea beber un martíni antes y después de trabajar y quitarse el sabor a trabajo y comprarse vestidos hermosos y perfumes caros, para así también quitarse el olor y poderse mirar al espejo con la cara limpia y el cuerpo bien vestido y entonces sentirse nuevamente bella.
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