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Inicio / Cuenteros Locales / La_Columna_del_Miercoles / La Columna del Miércoles (aportación de Maravillas)
CERRANDO CÍRCULOS
Por: Guillermo Cabrera Álvarez
30 de agosto de 2007
Hoy les regalo un pequeño texto —sintetizado—, del escritor brasileño Paulo Coelho, envío de Lázaro.
Es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría, el sentido del resto. Cierra círculos, o puertas, o capítulos. Como quieras llamarlo, lo importante es cerrarlos, dejar ir momentos que se van clausurando.
¿Terminó con su trabajo? ¿Con la relación? ¿No más en esa casa? ¿Debe irse? ¿La amistad se acabó? Puede pasarse el tiempo «revolcándose» en porqués, en rebobinar el casete y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho.
El desgaste será infinito porque en la vida, usted, yo, todos y todas estamos abocados a cerrar capítulos, pasar la hoja, terminar con etapas o momentos y seguir adelante. No podemos en el presente añorar el pasado, preguntándonos por qué sucedió, hay que soltar, desprenderse.
No puedes ser niño eterno, adolescente tardío, empleado de empresa inexistente, ni tener vínculos con quien no quiere estar vinculado. No. ¡Los hechos pasan y hay que dejarlos ir! A veces es importante destruir recuerdos, regalar presentes, cambiar de casa, romper papeles, tirar documentos, vender o regalar libros.
Los cambios externos pueden simbolizar procesos interiores de superación. Dejar ir, desprenderse. En la vida nadie juega con cartas marcadas y hay que aprender a perder y a ganar. Hay que dejar ir, pasar la hoja, vivir solo lo que tenemos en el presente. El pasado ya pasó.
No espere que le devuelvan, que le reconozcan, que alguna vez sepan quién es usted. Suelte el resentimiento, que lo único que consigue es dañarlo mentalmente, envenenarlo, amargarlo. La vida es adelante, nunca atrás. Si usted anda por la vida dejando «puertas abiertas», por si acaso, nunca podrá desprenderse ni vivir lo de hoy con satisfacción.
Noviazgos o amistades que no clausuran, posibilidades de «regresar» (¿a qué?), necesidad de aclaraciones, palabras que no se dijeron, silencios que lo invadieron. ¡Si puede enfrentarlos ya y ahora, hágalo! Si no, déjelo ir, cierre capítulos. Dígase a usted mismo que no, que no vuelve.
Pero no por orgullo ni soberbia, sino porque usted ya no encaja allí, en ese lugar, en ese corazón, en esa casa, en ese escritorio, en ese oficio. Usted ya no es el mismo que se fue, hace dos días, tres meses, un año, por lo tanto, no hay nada a qué volver. Cierre la puerta, pase la hoja, cierre el círculo. Ni usted será el mismo, ni el entorno al que regresa igual, porque en la vida nada se queda quieto, estático. Es salud mental, amor por usted mismo desprender lo que está en su vida. Nada ni nadie es indispensable.
Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo es vital, porque cuando vino al mundo llegó sin ese adhesivo, por lo tanto es costumbre vivir pegado a él, y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy le duele dejar. Aprenda a desprenderse, humanamente es posible. Solo es costumbre, necesidad, apego. Cierre, clausure, limpie, tire, oxigene, sacuda, suelte.
Regalo de jueves
Siga adelante con tranquilidad. ¡Esa es la vida!
(Publicado originalmente el 6 de noviembre de 2003)
Juventud Rebelde
Tecla Ocurrente
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Texto agregado el 04-09-2007, y leído por 166
visitantes. (8 votos)
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Lectores Opinan |
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2007-09-12 19:31:12 |
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Muy cierto y útil. Gracias por compartirlo. (Mis 5*) goruzedri |
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2007-09-11 20:37:32 |
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Grande consejo, ese de cerrar círculos. Cuando un concepto, una idea, un comentario en si mismo, es valioso rescatarlo por su enseñanza, por su aporte, no debemos de desdeñarlo ni devaluarlo porque su emisor no nos agrade. Pues bien acierta este artículo en ese principio de cerrar círculos, porque cada etapa de nuestras vidas, aunque sean interdependientes, tienen su propia dinámica, sus propios afanes, por lo que una vez superada debemos de cerrar ese círculo, aunque de su experiencia extraigamos lo más valioso, lo más trascendente para continuar, para seguir adelante. Y creo que en eso se sintetiza lo que es la experiencia en la vida, manejar el conocimiento que círculos precedentes nos han dejado, para aplicarlos a las nuevas situaciones, a los nuevos círculos que más adelante debemos de cerrar. Excelente el aporte de borarje en su comentario. ____________
Tico |
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2007-09-07 15:24:39 |
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A Cohelo le gusta hacer dinero diciendo las cosas que todos sabemos de una manera que hasta un infante entienda. Es - por demás - aburrido, soso, etc. El tema es el mismo de los cientos de libros escritos sobre superación personal: Evolucionar. Pero el mundo real está más allá de estas superficies descritas tan pobremente. Somos más cuerpo y carne, que alma y espíritu. Somos más pasión que razón. Especialmente en nuestras culturas occidentales. Querer buscar evolución a través de métodos que niegan nuestra propia naturaleza es como pretender que un facista o un comunista (de ambos extremos es la misma cosa) renuncie a sus anhelos de poder. Saludos. Tachitta |
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2007-09-05 23:42:08 |
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Encontré muy verdadero este texto, y pensé en que a veces se nos hace difícil cerrar esos circulos, y vivimos pensando en si actuamos bien o mal, pero no hay dudas de que lo mejor es hacerlo y vivir, sin pensar más en eso que ya así se volviera a vivir sería tan diferente.
Cuando se deja de lado a una persona es cuando ya nada queremos que nos una a ella, y así debe seguirse adeklante buscando en este camino nuevo que nos da la vida**********
Me encantó
Besitos Victoria.
"No pudede dejar de leer el comentario, completito de Julio, que madre mía que estuvo interesante."
Son grandes
Victoria 6236013 |
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2007-09-05 23:14:05 |
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Dejo cinco estrellas y a manera de comentario, Alicia, permíteme agregar este complemento, sin duda será de utilidad para quien no haya escuchado hablar de: Guillermo Cabrera Álvarez, ese raro intelectual que regalaba ideas.
Escrito por: Arleen Rodríguez Derivet. (Cubadebate)
Tenía los ojos azules, la piel muy blanca y rapada la cabeza que alguna vez coronaron cabellos rubios. En una esquina de Berlín o París, cualquier perdido lo habría elegido para orientarse. Pero en la calle 23 de La Habana, que desandaba al ritmo de su fatigado corazón o del de su inseparable perro Igor, creo que nunca nadie lo confundió con un extranjero.
“No hombre, no”, habría respondido jocosamente a quien se atreviera a desconocer su auténtica estampa de monte al amanecer y ese extraordinario amor por los arroyos de la Sierra, donde su polvo surcará la eternidad, por decisión propia y de la infinita familia de amigos que fundó después que toda la suya se fue de Cuba.
Tenía cierta predilección por la F: a la gente cercana y querida las llamaba “flacos” o “feos”, incluidas las hembras, a las que su “fea” nos sonaba al piropo más hermoso del mundo. Su amiga Celima, reina y señora del significado de las palabras, podrá explicarlo mejor, pero yo tengo mi propia interpretación de aquel código: él nos miraba por dentro, al revés de cómo suele mirarse el común de la gente, así que nos llamaba también a la inversa de como lucíamos donde otros no ven.
En cuanto a la F, dije cierta predilección, porque en el caso de Fidel, aunque lo escribiera con todas las letras, lo llamaba el Gigante. Pero ahí sí que no podría pensarse en el código del revés y no solo porque el nombrado es exactamente igual por dentro que por fuera, sino porque quien lo bautizó así fue Camilo Cienfuegos, ese ser del que Guillermo heredó tanto -sin tener parentescos de sangre- por la línea de lo cubano y quién sabe si también por el influjo de sus inolvidables charlas con Ramón, el padre del héroe.
Según las rígidas normas del calendario, vivió más de 60 años, pero todo el mundo sabe que Guillermo fue la juventud perpetua. Por eso miles de jóvenes lo leían y lo seguían a todas partes y él vivía inventando aventuras que los involucraban a ellos. “Lo obsesionaba enamorarlos de nuestra historia”, decía su entrañable Katiuska Blanco con los ojos abiertos de lágrimas y fijos en un punto inexacto del lugar donde los numerosos parientes que se dio a sí mismo, pusieron bandera, velas, medallas y pendones con regalos de jueves.
“¿Qué más hizo para ser tan querido?”, me preguntó un joven que solo conoció sus columnas de JR. “Hizo escuela”, dije y le conté de su trabajo fundador desde la editora Abril, las expediciones periodísticas por rutas históricas, los reportajes de investigación, los Corresponsales de Guerra, el Instituto José Martí, el “Costillar de Rocinante”, los libros recuperados, los Hemingway y los Kapunchinski que nos enseñó a leer sin orejeras, las mil y una bromas y los mil y un inventos para librarnos de la rutina y el esquema, la Coletilla que firmaba Guillermo Tell.
Y su sección A vuelta de Correos, seguramente el único rincón de su periodismo que alguna vez fue amargo y punzante por culpa de la burocracia y otros dolores, pero desde la cual hizo obras tan memorables como salvar a nuestras playas de una peligrosa ola de prohibición de paso que se coló en el turismo con la crisis de los 90.
Mucho, hizo muchísimo Guillermo Cabrera Álvarez, tanto que si todos los que le conocieron pudieran escribir su epitafio, hasta el cielo se llenaría de epigramas para él. Por eso no habrá lápida. Pero hay periódicos, donde sus parientes por parte del amor al oficio, podemos ejercer el privilegio de volver a nombrarlo.
El mío diría que “Guillermo fue ese raro intelectual que regalaba ideas”. Sé que no lo resume todo, pero dice al menos una parte de lo mejor de él. Las ideas son la propiedad más cara de un intelectual. Casi ninguno las da sin crédito y casi todos las reclaman a cualquier riesgo. Pero Guillermo las daba como si por cada una que regalara le nacieran cientos. Y cuando no las daba, encendía la chispa para que nacieran.
Ayer mismo alguien me pidió prestada una idea por la que hace varios años gané aplausos en una reunión femenina: “la mujer y el hombre de esta época viven en desencuentro porque ellos se pasan la vida buscando a una mujer que ya no existe, y ellas se la pasan buscando a un hombre que todavía no existe”.
La idea en realidad me la había regalado Guillermo, pero se negó cuando quise darle crédito. Según me dijo a él también se la habían regalado. “Dime entonces el nombre de quien te la regaló, para citarlo”, le dije. “No fea – me respondió- fue una mujer cuyo nombre sí que no te puedo regalar”.
Aquel hombre que vivió solo la mayor parte del tiempo, era llamado y visitado sin piedad en sus oficinas de G y 21 por gente que siempre se iba cargada de ideas. Las que regalaba en privado están por todas partes, lo mismo en libros que en periódicos y vallas, firmadas o no por nombres diferentes al suyo. Las otras las repartía colectivamente. Y como era genio, siempre le aparecían muchísimas para sus regalos del jueves.
borarje |
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