Tan acostumbrado estaba a la inmortalidad de la abuela, a su casa de techos inalcanzables y muros de adobe que temblores y lluvias habían ido cubriendo de grietas, como a su cara. Tan acostumbrado a su figura, manteniéndose erguida entre el polvo de derrumbes cercanos, obstinada en permanecer a pesar del grueso y pesado olvido que se había ido levantando a su alrededor.
Tan acostumbrado estaba que aún puedo verla, barriendo la vereda en las mañanas tranquilas, y me tomo una taza de té con marraquetas blancas bajo el parrón de su patio. |