Tres cuadros de Dalí pintados en el aire, enmarcados en las escaramuzas desgarbadas de la luz. Un pellizco de azul, un beso en gris, un roce sutil de rojo punzó y el tiempo convertido en una cascada de champan. Ella cuelga su silueta en mis ojos y Marte se apaga, ruborizado, ante la visión de la perfección de la dama. Se mezclan los sentidos y ya no sé si mi lengua escucha lo que mis oídos tocan, mientras mis dedos lamen. Y entonces, un destello en cruz, y mi chica desaparece en la pincelada maestra del artista. |