Veranos de caracolas,
se estremeció el sol.
Cayeron desde el cielo
mil estrellas de nieve
y desconsuelo, lloraban
los pobres de la tierra.
Y sonó el clarín último,
de la última instancia,
en último día de la tierra
más vieja y devastada,
y el hambre sonó hueca
en sus estómagos.
Vino por fin él,
lleno de un nimbo nuevo,
más vacío que el anterior,
más rancio que el primero,
menos sonriente y más aplastado,
es el precio de la historia,
y siguió habiendo lágrimas,
y seguimos atribulados,
igual que ayer, nada ha cambiado.
Murió lo prometido
entre los ríos derramados gota
gota, pero nadie fue testigo del fin.
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