Ni siquiera un “Qué Dios me perdone” se le cruzó por la cabeza antes de hacer lo que tantas ganas tenía de hacer. Como nazi frente a su judío víctima cometió el infame crimen que lo condenaría para siempre.
Sin remordimientos ni preocupación desobedeció la ley y le quitó importancia a la culpa o al castigo. El pobre hombre envenenado de tentación firmaba sin saber su pena de muerte mientras su objetivo, inmolado, indefenso, inmóvil comenzaba a ser despedazado y devorado.
Cuenta la leyenda que los siglos pasaron y luego de 930 años el pecador finalmente pagó su crimen, murió.
En cuanto a la víctima… La pobre manzana era solo un chivo expiatorio del demonio.
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