Un nuevo amanecer, una nueva oportunidad de rozar el sol. Cómo cada día trepa hasta el más alto pináculo de roca y estira la palma de su mano. Puede sentir el cálido tacto de los primeros rayos. Y luego como cada día llora amargamente, pues sabe con seguridad que es lo más cerca que va a estar del astro rey. En ese momento su vieja herida de guerra, su ala rota, le recuerda aún más lo desgraciado que es, tan sólo un tullido. Y añora los tiempos en los que era el más poderoso guerrero, de su orgullosa raza, una raza de hombres que surcaban el cielo. Una raza de hombres alados. |