En el tercer peldaño musgoso de la escalera de cemento, descansa un platillo de acero, donde arde la mano izquierda de un hombre. Una gota de sangre se balancea sobre el recipiente, atada a un delgado hilo de bordar, haciendo las veces de péndulo. La hebra color azul se anuda en el extremo mutilado de la rama de un ciruelo deshojado, donde flamea un reloj, como un paño (rojo en el borde y blanco en el centro) capaz de dar la hora. El oscilar de la gota mueve las agujas moldeadas a cada pliegue que cruzan. La desolación de un cielo y el esqueleto de una sombra son elementos secundarios.
A las cuatro y cuarto de cada día martes, el ciruelo se transforma en hombre; dicen que sus pies han echado raíces.
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