Bajo la serenidad de la noche yacía descalza con ropas blancas, desprendiendo suspiros pero sin dejar su condición de témpano de hielo. Cerraba los ojos mientras oía el sonido de un grillo oculto bajo las hojas secas. El sabor al no tiempo, la excitación de la huida, su propio silencio la arropaban embelesando sus largos cabellos; negros como la misma noche, siempre compitiendo por un protagonismo inexistente.
El ser cree que los fragmentos pueden separarse. Mientras, el sol sabe que sin su iluminación el mundo yace oculto, sin el suelo los pies no tienen sostén, sin el aire la carne muere. La naturaleza conspira en completa armonía cediendo al hombre el honor de trascender. De ser figura, de llevar adelante algo que él no hizo que él no maquinó.
El hombre desea gloriarse
Con aquello que no hizo.
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