El director francés, Jean Frederic Chevallier consideraba inapropiada las técnicas ortodoxas de teatro para despertar sensaciones nuevas y extremas en el espectador. Confiaba en la absoluta improvisación de la obra, en la intuición del momento, en resaltar el instante, y no perseguir, bajo ninguna circunstancia, la trasmisión de algún mensaje. La obra se desarrolló siguiendo unos cuantos lineamientos de espacio, escenografía y tiempo. Al ver que nada resultaba, Chevallier decidió ir por las verduras en descomposición, las trozos humanos que robó de los anfiteatros y las tripas de perros muertos, para aventarlas a la audiencia. La reacción de algunos fue de marcharse, otros se sacudieron y quedaron expectantes. Ante la impavidez de los espectadores, Chevallier ordenó con un grito que subieran el volumen de la música y aumentaran la intensidad de las luces al máximo; los espectadores taparon sus oídos y fruncieron el cejo. El director tomó varias de las piezas de la escenografita y las arrojó. Cuando hirió a una mujer embarazada, el enojo no se hizo esperar. En un inició comenzaron a lanzarle las verduras, los trozos humanos y las tripas. Chevallier rió. Esto desquició a los otros. Luego emitió un rugido hasta que uno de los actores se acercó y de un puñetazo lo tiró al suelo y comenzó a patearlo. Se sumó otro y otro. El encargado de la música trató de huir, sin embargo esto provocó una furia mayor. Situaron al técnico a un lado del director.
El último pensamiento de Chevallier fue de una terrible insatisfacción por no haber despertado una sensación verdaderamente nueva y extrema, ajena a lo que comúnmente pertenece al ser humano.
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