Cuando te vi por primera vez, estabas contenta por ciertas pequeñeces que te habían sucedido. Nuestros amigos te observaban, con sus miradas chispeantes, comprendiendo tu sentir. Yo me quedé silenciosa viendo tus ojos que no coincidían con tu sonrisa franca y abierta. Tu mirada desmesuradamente triste, plagada de una añeja nostalgia por cosas que añorabas. Quizás fui solo yo el que descubrió ese misterio o tal vez todos lo hicieron y callaron. Nunca me atreví a preguntarte cuál era esa tristeza que te embargaba el alma, nunca lo confesaste, pero me lo contaron tus ojos vacíos, insatisfechos del mundo que te rodeaba.
Tu máscara fue siempre tan perfecta, en ningún momento falló.
Después de cierto tiempo sin verte, tu máscara se había perfeccionado tanto que hasta vos misma dudabas que tu tristeza hubiera existido alguna vez.
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