Sacó de su armario una caja, y lentamente la abrió. Aquella sencilla caja de galletas contenía sus recuerdos más bonitos, sus secretos más oscuros, sus deseos más ocultos, sus miedos más profundos. La cerró, y, furtivamente, sopesando en calma todos sus movimientos, como siempre había hecho, la llevó al jardín. Preparó una jarra con agua, y la dejó previsora a un lado. Miró a lo alto por un instante, segura de sí misma por primera vez en mucho tiempo; bajó la vista al pequeño resplandor de su mano, y dejó que aquellos tristes papeles se consumieran en cenizas. |