Una dulce familia
Abrió la puerta la empleada de la casa. Era bella como un jazmín pero mantenía una hosquedad como la de un guarango.
- ¿Quién es? Pregunta la señora de la casa.
- Es el mensajero del club, señora, viene a dejar un comunicado.
La señora sin problemas se dirigió a la puerta., me saludo muy cordialmente con una sonrisa; revisa el comunicado, lo firma y se despide amablemente. Menciono esto porque me eh topado con muchas señoras que buscan dejar en claro quien es sirvienta y quien dueña. Hacen que la empleada abra la puerta, lleve el comunicado a su sillón de pereza y luego de rebuscar en el papel, algún indicio que la pueda perjudicar (multas, embargos, cortes, que se yo) firman o no.
Físicamente la señora no era muy agradable, era obesa de cuerpo y el rostro redondo y descuidado, era madre de dos hijos; la mayor de 8 y el pequeño de dos. Había algo en su rostro que reflejaba la dulzura de las personas amables y preocupadas por el dolor ajeno.
Mientras me disponía a dejar los otros documentos, me puse a pensar en el señor de la casa. El, muy elegante y conservado, hasta se podría decir menor que su esposa. Era atlético y muy galante. Vanidoso esta por demás decir.
Cuentan las urracas de la residencial que la señora no se sentía muy contenta consigo misma, ya desde poco después de tener su segundo hijo (algunos mencionan que era antes de tenerlo). Era claro que su disconformidad rondaba por su aspecto físico y su atadura a su pequeño. Su marido podía salir cuando quería y volvía pasada la noche, a veces al amanecer.
Las arpías decían que hubo un intento de suicidio de la señora de la casa, fue hace poco más de medio año, ingirió veneno para ratas. Una rápida intervención logro desintoxicarla a tiempo. Pobre señora ya veo porque el interés en el dolor ajeno. Ella quería calmar el suyo propio.
Pasado un tiempo veía como la señora de la casa fue cambiando cada vez mas su aspecto, siendo este mas apenado y lamentoso. No salía a recibir sus comunicados y la empleada ya tomaba el deber de ellos. Yo no decía nada, solo me percataba de tan voraz declive de ese hogar. El señor de la casa se volvió más hogareño, se podría decir que casi ya no salía. Solo a sus ya clásicas mañanas de gimnasio.
Pero esto no cambiaba el estado decadente de la señora. No entendía porque. Estaba su marido en su casa, sus hijos también. Ellos deberían calmar su tristeza. Sí. Sus hijos debían de ser su sol, que equivocada estaba la señora con sus penas, estas las arrastraba hacia sus pequeños. Pobres, la empleada los atendía. No debería de ser así, el cariño debía de partir de su madre, no de esa extraña. Pero al parecer esta chica se gano el cariño y respeto del hogar. No muchos empleadas duraron mucho allí, eh sido testigo de ello; desde las jóvenes a las maduras, las muy feas y las no tanto, todas bajas de estatura. La última no era así. Era diferente físicamente. Su juventud le permitía ser activa para sus quehaceres. La señora de la casa ya no tenia ganas ni para eso. Sumergida en su tristeza nada cambiaba su actitud.
Ahora yendo a la casa en mención. Pienso en el comentario de un testigo del suicidio. Si, el presenció la horrenda imagen de la colgada. En su cuarto, el cuerpo de la difunta bailaba en ondas circulantes alrededor del cuello que servia de eje, atado en el soporte del foco que debía alumbrar el lugar.
Cuanto tiempo se le dio a ella para tal crimen. El marido se fue al campo con los hijos y la empleada. La difunta tenía horas para completar la locura. Poner fin a su tertulia. Apagar la llave general del lugar, subir en la banca maldita que colaboro con la estupidez, sacar el foco y todos los adornos que llevaba puesto, hacer un nudo en el soporte de este, luego a su cuello, al final tirar con su pie al entupido colaborador. Su frenesí no seria escuchado. A kilómetros el señor de la casa reiría campante con el calor que adornaba sus sonrojadas mejillas, sus hijos correteaban de un lugar para otro, la empleada los observaba, fijándose que no se cayeran o se hicieran daño. Todo era demasiado bullicioso, el grito de la suicida, solo seria para poner coro a la música del final, de la que cierra el telón y brinda aplausos a los beneficiados. Pobre difunta, espero que allá le vaya mejor.
Llegue. Ahora quien me atiende es una baja rolliza y con rostro de codorniz. Con su dejo de las tierras de los andes, dice:
- Si señor. ¿Qué desea?
- Vengo a dejar un documento de Los Claveles.
- Un momentito se lo voy a llevar a la señora.
- ¿Hay que firmar?
- Si acá por favor.
- Un ratito.
Lleva el documento con el cargo y el lapicero donde la señora de la casa, quien sentada en su sillón perezoso, lleva la belleza de jazmín y la hosquedad del guarango.
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