A mis queridas flores, sembradas en los campos de mi corazón y regadas con el rocío de mis besos...
A mis hermosas flores, cuyo elixir exquisito exhala como miel en la alegría cotidiana de mi corazón.
Una, la roza blanca,
más pura que María,
y a cuyas manos ejemplares
deberían levantar un monumento en Roma.
La Otra,
flor silvestre,
más bella que un pájaro encantado.
Una, me mira silenciosa y discreta,
mientras ha de adivinar lo que siento por ella.
La Otra, sin saber aún de adivinanzas,
va trepándose a mi rodilla como experimentado andinista.
Una:
Amante, Amiga, Esposa.
La Otra:
Rayo, Terremoto, Hija.
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