Tal vez sea mejor que se quede en casa, pensó mientras enjuagaba el rastrillo y sonreía satisfecho. De manera automática, el estruendo hizo que —sorprendido— contuviera la respiración y dejara de afeitarse. Asustado, pero sin pánico, contempló en el espejo su imagen rota y la gran mancha roja que lo empapaba y que rápidamente devoraba el blanco de su camiseta perforada.
Reconoció en su pecho, todavía sin creerlo, el inconfundible color de la sangre de los muertos y se desplomó estrepitósamente, pero sin aspavientos. En el enorme espejo roto del baño, quedó solamente la imagen de ella, desvestida, que todavía apuntaba…
Mintió, no le había creído. |