No, no somos como los licántropos, no precisamos de la luna llena: el deseo y la necesidad de sangre nos atormentan siempre.
Ella duerme tranquilamente en su cama, se siente segura, no sabe que cerró su casa conmigo adentro. La miro a través de las persianas del closet y, a pesar de que somos del mismo sexo, no puedo evitar esta enfermiza atracción que podría acabar con la vida de una de las dos. El calor de su sangre me llama y ya no puedo resistir. Aprovechando la oscuridad, me abalanzo sobre su cuerpo y empiezo a succionar la sangre de su cuello con una pasión y deleite indescriptibles.
Ella aún no se ha dado cuenta, todavía duerme apaciblemente. Sigo succionando, en completo éxtasis, como si ya no hubiera mañana. ¡Paf! Un golpe inconsciente de su mano y su delicado cuello se mancha de escarlata, el sabor enloquecedor de su sangre fue demasiado y me he descuidado. Todo ha terminado para mí, mis hijos no me conocerán, de hecho, nunca llegarán a existir... ¿Qué tan malo habré hecho que reencarné en un anofeles? |