Cicatrices en mí ya irreconciliables,
lacerante y cómo ríe,
se retuerce de alegría,
oh falaz bandolera mía.
Y mientras se agota el silencio inmaculado,
una grulla cesará su baile y con ella nuestra música,
flagelante despiadada, me ha quitado mi sonrisa.
Ahora que mi corazón puede parecer impío y ya no importarle misericordia, sentenciaré mi gloria,
bajo su puerta dejaré mi alma,
ya puede pisotearla enteramente... mi señora
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