Tomé firmemente el lápiz con aquella mano izquierda, hoy más derecha que nunca y comencé a escribir.
Mi siniestra extremidad purgaba en el papel todo cuanto había callado, lo que jamás quise decir y todo cuanto oculté mientras dibujaba caricias en tu piel con ella.
Mi mano izquierda se transformó en mi boca, aquella que recorrió tu cuerpo en aquellas noches sin luna, desordenó tus cabellos y borró cicatrices de tu dermis.
Con el lápiz en mano desangré el papel, tatuándolo de recuerdos, pensamientos y sueños inconclusos. Con esa tinta grabé un adiós y al doblarlo marqué tu olvido.
Hoy sólo la envío.
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