Muchos años le llevó al artista moldearla como la había imaginado, nada estaba librado al azar. Cada rasgo logrado era una caricia regalada, cada curva un nuevo orgasmo liberador, contemplarla era suspenderse en su mirada, letal, para nunca más caer. Con la yema de sus dedos le dio forma a su espalda bajando desde el cuello, muy despacio, hasta el comienzo de su cintura y allí se sintió morir.
Sólo un poco más...
Cuando por fin terminó su obra más preciada, se recostó entre esos brazos inertes, rígidos y ya no despertó. Lo encontraron con el cincel en su mano izquierda mientras que con la derecha sujetaba la mano que él mismo había engendrado a fuerza de martillar día tras día.
Por más que intentaron no lograron separarlos.
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