Ayer murió tu nombre. Una muerte trágica- como todo lo que te pertenece- en medio de convulsiones vagas en mi memoria y de estúpidos y tal vez innecesarios recuerdos que acudieron ante tal alboroto. Como todo lo que sufre en demasía, era mejor que muriera. Se había gastado mucho trasnochándose para dejarse escuchar en la oscuridad, y la soledad de mi cuarto le atormentaba. Su vida era una vida llena de lágrimas y sollozos. Era mejor que muriera.
Aún recuerdo, era tu nombre hermoso, como todo lo que te pertenece; pero aún lo hermoso debe perecer.
Sus agitadas convulsiones que dieron paso para que otros recuerdos se amontonaran a su alrededor, también dieron paso a esas palabras que en honor a él se habían escrito sin nombrarle. Palabras y versos que quisieron devolverle la vida , intentándolo en vano una y otra vez. Usando a los recuerdos de besos como electrochoques para que con su singular tibieza y humedad hicieran latir nuevamente su corazón. Pero todo fue inútil. Mi mente estaba completamente agitada..
A tu nombre lo cremaron, y sus cenizas fueron esparcidas por los demás recuerdos en cada rincón de mi cerebro. Su muerte, aunque trágica, no me produjo el menor de los remordimientos, si no lo hubiese hecho, me habría destrozado.
El único problema es que ahora llegas tú, y aunque aún no recuerdo tu nombre reconozco esa sonrisa que indica tu triunfo mientras murmuras: Mi nombre es Fénix.
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