Era el sueño enroscándose en una columna de sol, la mano apretando la garganta, el puñal haciendo tiras de los intestinos. Era el veneno corriendo en la sangre, la bala certera dejando el revolver, el martillo arremetiendo contra los dientes.
Era ella, grito desesperado en medio del silencio, ceremonia privada en el baño de algún bar. Era ella, la jeringa sobre las venas, el choque contra el paredón del puerto. Era ella vestida de recuerdo, desnuda de culpas, guardiana de los sufrimientos. Era ella en la ventana, dejándome chupar por el vacío. Era ella riendo sobre mi tumba. Era el laberinto y los espejos; era ella, vos sabés de que estoy hablando.
(para wenceslao, que supo visitarme en mi "prisión")
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