Tu retrato en mi ordenador.
Tus ojitos en mis ojos.
Tu alegría es la mía.
Tu corazón…mi alma…
Tus manitos, mis dedos.
Aquella vez que tenías minutos de vida…y yo te alimenté.
Tu madre te regaló ese amor eterno.
Yo aprendo de ella para seguir siendo esa parte de tí.
Sombras de Ángeles en mi andar me llevan a tus andares.
Estamos demasiado lejos.
¿Estamos?
¿Cual será el día del reencuentro?
¿Como será?
¿Me querrás ver tanto como yo a tí?
Decirte cuantas ganas tengo de abrazarte seria explicarle a un ciego el color del cielo.
Pero los ojos que no quieren ver, no sufren tanto ese dolor.
El dolor de haberte visto, tenido, abrazado, amado.
El dolor que más duele sin doler.
El dolor que solo te libera el encuentro.
El dolor que se alimenta con los días, fagocita todos los recuerdos…y los deseos.
Ese dolor, ese mismo, es el que me da las fuerzas para irte a buscar y llevarte conmigo a jugar por todos los mundos, todos los cielos, estrellas y tormentas que me cayeron encima, tanto tiempo ya…
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