El gigante Anón *
Se cuenta entre el pueblo mapuche que hace muchísimos años en el cielo existía un gigante enorme llamado Anón a quien no le gustaba hacer nada. Bueno, nada no, porque lo que más le gustaba al gigantón era dormir.
Él pensaba que si pudiera pasarse la vida durmiendo sería muy feliz. Pero a Dios esto no le parecía nada bien. Entonces le encomendó una tarea difícil pensando que, si el gigante lograba hacer algo útil para la humanidad, lo dejaría descansar por el resto de sus días. Y le encargó lo siguiente: que bajara a la Tierra y realizara algo espléndido de lo que todos quedaran admirados cuando lo vieran y ayudara al mundo a ser más feliz.
Así fue como Anón, con pasos pesados, bajó lentamente a la Tierra que en ese entonces era un gran desierto seco, y se sentó a meditar lo que haría. Se abrazó a las piernas y fue apoyando la cabeza en ellas quedándose profundamente dormido.
Esos lugares áridos estaban habitados por pequeños duendes malignos. Al anochecer salieron a hacer sus travesuras y se sorprendieron cuando encontraron al gigante dormido.
Entonces hicieron una gran ronda a su alrededor bailando y riendo buscando la forma de burlarse de él.
Así estaban cuando el más pequeño llamado Pícaro observó que el gigante tenía atadas en la cintura tres bolsas, una blanca, una marrón, y otra muy azul.
En aquel momento, Pícaro corrió ágilmente hacia él sin hacer ruido y tomó la blanca. Los duendes la abrieron y encontrándola llena de piedras se dijeron:
-Estas deben ser las piedras que usa para defenderse. Cuando despierte nos arrojará con ellas. Tirémoslas y dejémoslo sin defensa- y así lo hicieron y desparramaron las piedras en pequeños montones.
Como Anón no se inmutó, el duendecito cobró coraje y le sacó la bolsa marrón rápidamente. La abrieron entre todos y la encontraron llena de semillas.
-Je-je, éste debe ser su alimento, si lo tiramos no tendrá qué comer -dijeron los duendes malignos mientras desparramaban las semillas por todos lados y las tapaban con tierra para que nunca las pudiera encontrar.
-Je-je- se reían cada vez más fuerte. Pero aún así no lograron despertarlo.
Una vez más, hicieron ronda alrededor de Anón cantando y bailando. Y nuevamente Pícaro corrió y le robo la bolsa azul. Al abrirla comprobaron que estaba repleta de agua clara cristalina, la probaron y la encontraron riquísima.
-Esta debe ser su bebida. Si la tiramos morirá de sed- dijeron y arrojaron todo el contenido de la bolsa azul.
Y recién al amanecer sintiéndose satisfechos con su fechoría, cansados y divertidos se fueron a descansar.
Pasó un largo tiempo y como en el Cielo no se tenían noticias de Anón, Dios decidió bajar a la Tierra para averiguar qué había pasado.
Lo encontró dormido exactamente en la misma posición en que se había puesto desde que llegó. Las piernas abrazadas entre sus brazos y la cabeza apoyada en ellas.
Dios miró a su alrededor y no lo podía creer. ¡Quedó totalmente deslumbrado! Era un paisaje imponente, majestuoso. Enormes montañas formaban la Cordillera. Lagos como espejos de agua turquesa, a veces azul, otras verdes las repetían invertidas en su reflejo puro. Y alrededor de los lagos, bosques de pinos enormes rodeados por salvaje vegetación, coronado por un concierto de un sin fin de pájaros que convertían al entorno en un magnifico Paraíso terrenal.
-¡Oh! Pobre Anón. Se ha esforzado en trabajar sin descanso todo este tiempo para reflejar el Cielo aquí en la Tierra y que la gente pueda ser más feliz. Lo voy a premiar con el descanso eterno. -Y diciendo esto Dios lo cubrió con una sábana blanca.
Es así como todavía en nuestros días, el cerro Tronador en que se convirtió Anón, siempre está cubierto por una espesa capa de blanca nieve. Y si nos quedamos callados podremos oír sus fuertes ronquidos que son tan potentes que parecen truenos que retumban eternamente por las montañas.
María Mercedes Córdoba Flop
* Esta es una versión personal sobre una leyenda que me narraron oralmente en el sur de la Argentina
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