Silencio en el salón,
la pena habla sola,
mientras perplejas,
continúan sus manos sobre su cabeza.
Dichoso el eco de sus palabras,
que se impregnan como el polvo,
ensuciando progresivamente,
tus iniciativas truncadas.
Se pierde una mirada,
con destino,
a un torbellino de nadas,
que se diluyen en la realidad.
Una escena congelada,
gestos petrificados,
la muerte se pasea,
en una brisa turbia. |