Me llamaste puta
nada deshonroso lo que dijiste,
sí cómo lo dijiste.
Como en los cuentos de hadas, pero al revés
tu coche deportivo se fue tiñendo
de un color negro fúnebre
una mortaja blanca recién planchada
tomó el lugar de tu camisa Gucci.
Has muerto para mí. Te vi alejándote
seguido por tu sombra y un cortejo de idiotas.
En la línea final, me diste un beso helado
impregnado de adioses.
Debo reconocerlo: se me cayó una lágrima
pero eso es algo común en los entierros. |