Este es el muchacho del que tanto te hablé, le dije con ironía a mi marido.
Le dio trabajo enseguida, tenía buenas referencias, especialmente las mías.
Me olvidé de contarle algunas cosas, el motel, las duchas compartidas, la inconsciencia de viajar juntos a Perú.
Pero hoy Rodolfo es un buen secretario, mi esposo dice que nadie fue tan cuidadoso con sus papeles, con la computadora, con los libros.
Yo permanezco a veces contemplándolo mientras trabaja. Y si él advierte mi presencia lanza miradas que rotan de la complicidad a la incertidumbre.
¿Qué es esto? ¿Por qué me trajiste justamente acá?
Adivino sus terribles interrogantes.
Y yo, nada. Siete años después soy simplemente la señora del Jefe. |