LA PERLA.
Después de mucho esperar, una cadena de casualidades le devolvió su preciada Perla. Sonriente y con ojos vidriosos, bruñó su superficie y la dejó más brillante que la efigie de Alejandro. Escapó al mar y por lo mismo nunca pensó en los eslabones, los asesinatos, las coartadas, torturas y sobornos pagados para recuperarla. Hubo suerte también.
En la playa, absorto contemplaba la Perla. Sus rayos al sol eran un llamado, el grito visceral de un molusco poseído. Miraba su Perla y aquí la obsesión fue encumbrada desde su propio estupor al ver a la gaviota que volvía al cielo, después de tragar su tesoro.
Entonces, su mano vacía se volvió la garra del desconsuelo y no tuvo fuerzas para llorar, porque entendió que la posesión es una mentira risueña y nadie se escapa de su risa.
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