La sangre ha retornado a mi cerebro,
y la palidez a mis caras y pies,
Tan fríos como un corazón que conozco por ahí, congelados y derretidos,
escondidos en la tierra árida
de algún pueblo feliz.
Como mis caras,
y mi cara que ese corazón pudo ver,
como ver tantas cosas extrañas
una y otra vez:
Un paseo por la noche,
unas malezas sonantes cerca del tren,
retornó de nuevo la palidez,
de mi manos intestinos y pies.
Sensación parecida
a la de un corazón agusanado
que escuche por ahí más de una vez.
Y como eso yo lo se, valla uno a saber.
La sangre se ha escurrido
por mi cuello como ciruelas
podridas en ciruelo,
como la de un cuello,
otro cuello. del que yo misma hablé
|