Somos culpables de este amor escandaloso
que el fuego mismo de pasión alimentó.
Que en remanso de la noche impostergable
nos avergüenza seguir sintiéndolo...
Poco a poco, fuimos volviéndonos locos
y es el vapor de nuestro amor
que se embriagó con su licor
y culpó al carnaval interminable,
nos hizo confundir, irresponsables...
Si fuimos carne de mentira casquivana,
que la imprudencia del rumor hoy desató,
que descubiertos por la luz de la mañana
nos castigaron la desidia y el dolor...
(Babasónicos)
El extasiante sonido de su voz comenzó a erizarme los sentidos, embrujándome. Gloriosa y misteriosa fuerza arrebatando los sentidos. El sin-sentido primando por los rincones de una habitación clandestina. Humo, sudor y piel, lenguas deslizándose por rincones prohibidos hacía el nacimiento. Hemos de nacer la mañana brotando apenas gotas de estrellas, polvos volando por el cuarto húmedo. Silencios cómplices, impulsos salvajes que ondean ante el abismo de perderse en la carne abierta. Hasta el fondo gotas de savia fluyendo en dirección al misterioso grito expulsador. Ahí van los miedos y prejuicios escapándose por una cortina que se viste de sombras humanas. Carne palpitante trepando, conquistando el sentir. El fin tiene un irremediable comienzo que cierra la puerta del hotel.
Las culpas afuera esperando en la calle. Él recoge su historia familiar y se encamina a los lugares conocidos. Yo tomo mi pesada mochila, acomodo la cruz y el hábito que me recuerda, por cierto, rezar por su penosa situación.
“A estas horas de la locura,
que no me vengan con paraísos…
que no me vengan con paraísos…”
(Lucybell)
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