La Condesa Dominé tuvo que renunciar a la idea de despedir a su sirvienta. Luego de meditarlo se percató de las terribles consecuencias que podía ocasionarle aquella decisión. “Esa vieja sabe mucho secretos de mi- pensó- sabe por ejemplo, que las porcelanas de las cuales tanto me ufano no son traídas de la India sino que fueron compradas a un turco maloliente en un mercado negro; también conoce de mis fugas nocturnas con el jardinero, y de mi adicción incontrolable al vino; seria vergonzoso que mis amistades se enteraran por boca de ella que todo lo que poseo es solo apariencia y que estoy sumida en una pobreza absoluta desde que falleció mi esposo”. ¡Condenada vieja me tienes en tus manos! exclamó la mujer mientra su puño derecho golpeaba con furia la superficie de una mesa.
Entre tanto en una las habitaciones de la casa la sirvienta, ajena y distante a las preocupaciones de la Condesa Dominé, pensaba con admiración en la afabilidad y decencia de su ama, al tiempo que proclamaba oraciones a favor de ella.
-Dios bendice a mi patrona- rezó, mientras guardaba su escapulario en un pequeño gabinete.
|